Todas las sociedades humanas se han dotado de relatos sobre sus orígenes. Los objetos materiales, por su carácter visible y tangible, ocupan un lugar especialmente importante en estos relatos. En el siglo XIX, el desarrollo de la arqueología científica en las sociedades occidentales modificó profundamente nuestra relación con estos objetos del «pasado», cuya antigüedad se reveló de repente mucho más profunda. Desde entonces, la arqueología científica aplicada a la Prehistoria no ha dejado de mantener dos tensiones, especialmente difíciles de comunicar al resto de la sociedad. En primer lugar, la disonancia entre la evidencia de los objetos prehistóricos y su datación, que se extiende a lo largo de escalas de tiempo que nos cuesta imaginar. En segundo lugar, la producción de discursos que apuntan a la verdad, asumiendo no solo su naturaleza fragmentaria, limitada y a veces deficiente, sino también su perpetuo cuestionamiento por parte del enfoque científico. Así, los relatos producidos por la arqueología prehistórica tienen dificultades para competir con las formas de discurso mítico, teológico o literario sobre los orígenes de la humanidad. En efecto, estos últimos se liberan de la incompletitud del conocimiento a la que el científico debe, por definición, someterse.
En estos relatos sobre los orígenes, aquí o en otros lugares, la imaginación viene a llenar los vacíos, y más aún cuando predominan los conocimientos científicos e invitan a las sociedades a aceptar la incomodidad de la duda. Y dado que, al tratarse de la Prehistoria, hay poco que ver, los recursos de la imaginación funcionan a pleno rendimiento en el ámbito de las creaciones audiovisuales. Estos medios —películas, creaciones sonoras, videojuegos o documentales web, cuya difusión supera con creces a la de los escritos científicos— constituyen así un observatorio especialmente pertinente para comprender mejor el estado actual de las relaciones entre los conocimientos científicos, las producciones culturales y la cultura popular. Porque, tanto ayer como hoy, no existía ni existe una barrera infranqueable entre la «ciencia» y el resto de la sociedad: son numerosas las colaboraciones entre cineastas y arqueólogos o, por ejemplo, entre creadores de juegos (de vídeo o no) y científicos. Estas colaboraciones adoptan diversas formas y se expresan no sin tensiones, polémicas y desacuerdos, que revelan algo de las dinámicas sociales en juego en torno a los conocimientos relativos a «nuestros» orígenes.

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23 enero 9h00 - 16h00
Aymeric Hermann
A. Legrand-Pineau